Era el mayor criminal en
la historia del Reino Unido, y cumplía quince cadenas perpetuas por sendos
asesinatos de pacientes suyos, aunque la cifra de víctimas podría
elevarse a 270.
14 de enero. En la mañana de ayer apareció ahorcado
en su celda de la cárcel de Wakefield (Inglaterra) el peor criminal de
la historia británica. Harold Shipman, de 57 años y padre de cuatro
hijos, apodado por la prensa "Doctor Muerte", cumplía condena
por quince asesinatos cometidos en las personas de pacientes que se confiaban
a sus cuidados como médico de cabecera en el pueblo noroccidental inglés
de Hyde, cerca de Manchester. Le entregaban en realidad sus últimos días
de vida.
Estas 15 muertes sucedidas entre 1995 y 1998 son sólo las
que se juzgaron en el año 2000. La magistrada del caso, Jane Smith, investiga
otros 200 asesinatos cometidos por el "Doctor Muerte" a lo largo de
su vida profesional en Hyde y en Todmorden (West Yorkshire). Se le podrían
pues imputar un total de 171 mujeres y 44 hombres envenenados, sin descartar otros
posibles 45 fallecimientos pendientes de ulterior examen.
El procedimiento
siempre era el mismo. Shipman localizaba víctimas preferentemente ancianas
y solitarias, y con su barba cana y aires de indefenso intelectual se ganaba su
confianza como doctor amable, hogareño y cariñoso que se preocupaba
por su salud. En su propia clínica les administraba una dosis elevada y
letal de morfina y asistía al espectáculo cruel de los cinco minutos
que tardaba en producirse su desgarrador fallecimiento. Luego falsificaba los
informes certificando la defunción por causas naturales.
Se quedó
con 386.000 libras de una de sus víctimas, si bien ése no era el
móvil. El "Doctor Muerte" asistía a más de tres
mil pacientes y su posición económica era desahogada.
La personalidad
homicida
Nunca llegó a confesar sus delitos, así que nunca
podrá saberse qué le llevó a cometerlos. Su ex compañero
y forense John Pollar afirma que, en su opinión, "simplemente disfrutaba
contemplando el proceso de morir y gozaba con el sentimiento de control sobre
la vida y la muerte".
Las autoridades penitenciarias británicas
abrirán una investigación y no han confirmado todavía que
se haya tratado de un suicidio. Estuvo vigilado preventivamente durante su estancia
en las cárceles de Manchester y Frankland. Pero no en la actual de Wakefield,
adonde llegó en junio, pues en palabras de su portavoz, "no había
mostrado, en absoluto, tendencias suicidas. Se portaba con toda normalidad...
No había ningún indicio de que esto fuese a suceder y él
no había dado motivos para preocuparse".
En 1976 se le condenó
por hurtar fármacos que utilizaba como drogas. Entonces sí confesó
su adicción, y que le producían un estado "deprimido y confuso".
Durante los últimos meses su mal comportamiento había obligado a
las autoridades a cambiar su status y quitarle algunos privilegios: ya no disponía
de televisor en la celda, y debía llevar uniforme penitenciario.
A
lo largo del juicio la prensa pudo hacerse con algunas cartas personales de Shipman,
y en ellas revelaba una acusada dependencia psicológica de su mujer, cierta
tendencia hacia la autocompasión y se mofaba de los familiares de sus víctimas.
Éstas no han lamentado en absoluto su desaparición, pero sí
quedarse para siempre sin el magro consuelo de un porqué.
Fuente:
El Semanario dígital