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LAS VÍCTIMAS
En el año 1888, Whitechapel era uno de los peores
distritos de todo Londres. En las calles, hombres, mujeres
y niños arrastraban una vida de pobreza y delincuencia
en la que muchas veces el único alivio era el
que podía ofrecerles una botella de alcohol barato.
Los callejones oscuros desembocaban en bares mugrientos
y burdeles miserables en los que algunas mujeres se
ganaban la vida prostituyendo sus cuerpos por unos pocos
peniques. Fue precisamente aquí, en el East End
londinense, donde tuvo lugar el breve reinado de terror
del temido descuartizador que firmaba sus crímenes
como "Jack el Destripador".
Su primer crimen oficial, por así decirlo, el
que reconocen todas las crónicas, tuvo lugar
el 31 de agosto, aunque en su día se sospechó
que por lo menos dos asesinatos anteriores menos publicitados
habrían sido también obra suya.
Ese día estaba amaneciendo muy lentamente. Las
calles todavía estaban oscuras, y a pesar del
frío algún que otro paseante comenzaba
a circular por el barrio. Uno de ellos distingue a lo
lejos el cuerpo de una mujer tendido en el suelo que
a primera vista parecía desmayada, pero cuando
se acerca para tratar de ayudarla, ve que unas terribles
heridas la habían casi decapitado. Horrorizado,
no deja pasar un minuto y avisa al primer policía
que hacía su ronda por el barrio, quién
acompañado de un médico distingue bajo
la luz de una linterna que la muerte le había
sido provocada por dos golpes con arma blanca que le
habían seccionado la tráquea y el esófago.
El cuerpo, todavía caliente en partes, indicaba
que el momento del crimen no debía de haber sido
de más de media hora antes de haber encontrado
el cuerpo. Tras un examen más detallado en la
sala de autopsias, descubren además que había
sido brutalmente golpeada en la mandíbula inferior
izquierda (posiblemente por una persona zurda), y que
su abdomen había sido mutilado.
Por lo demás, el asesino no había dejado
otras pistas tras de sí, ni testigos, ni el arma
homicida. Ninguno de los vecinos oyó nada.
La identificación de la víctima no fue
tarea fácil, aunque unos días después
su padre y su ex marido identifican el cuerpo de una
mujer de 42 años, prostituta, llamada Anne Mare
Nichols y conocida como Polly.
Polly había estado casada y tenía cinco
niños, pero su adicción al alcohol había
hecho que su matrimonio se rompiera. Desde entonces,
sola, había vivido de sus pobres ingresos de
prostituta.
El lunes 6 de agosto, varias semanas antes del primer
crimen oficial del Destripador, Marta Tabram, una prostituta
de 39 años, había sido hallada muerta
con 39 puñaladas; y algunos meses antes, Emma
Smith, una prostituta 45 años, había sido
agredida salvajemente en la cabeza y le habían
introducido un objeto en la vagina. Seguramente estos
dos crímenes no tenían nada que ver con
nuestro asesino, más que nada porque la firma
del Destripador era más ritualista que los simples
golpes y puñaladas, pero aún así,
el terror ya se había apoderado de las almas
de los habitantes del distrito londinense.
Annie Chapman era una mujer sin hogar propio que vivía
en pensiones comunes cuando disponía de dinero
para el alojamiento de una noche, y cuando no era así,
se dedicaba a vagar por las calles en busca de clientes
que le proporcionasen alguna moneda para bebida, refugio
y alimento. No siempre había sido así,
unos años antes estaba casada y con tres niños,
pero todos murieron, unos por enfermedad y otros por
accidente. Fue un golpe muy duro, nunca se repuso. Así,
en estado de depresión permanente comenzó
a beber para sobrellevar su soledad.
Su cuerpo fue hallado mutilado en la calle del Mercado
de Spitalfields a las 6 de la mañana, y nadie
había ido testigo de los hechos. Su intestino
estaba en el suelo entre un gran charco de sangre y
una profunda incisión cruzaba su cuello de lado
a lado.
Todo parecía indicar que había sido asesinada
en ese mismo sitio. No había señales de
defensa por parte de la víctima, y lo curioso
es que cerca de su cadáver se encontraron un
pequeño pañuelo, un peine y un cepillo
de dientes, que parecían haber sido colocados
en un orden concreto por el asesino.
Según el médico forense que vio el cadáver,
el asesino había agarrado a Annie por la barbilla
y la había degollado por la espalda de izquierda
a derecha, y por la fuerza empleada, posiblemente con
la tentativa de decapitarla. Eso le había causado
la muerte. Las otras heridas infligidas y las mutilaciones
abdominales habían sido realizadas post mortem:
el abdomen había sido abierto para extraer la
vagina, el útero y la vejiga, que no fueron hallados.
Las incisiones eran limpias, como si se tratase del
trabajo de un experto en anatomía, o por lo menos
el de alguien con los conocimientos anatómicos
y la habilidad suficiente para poder abrir el cuerpo
y extraer los órganos con mucho cuidado de no
dañar otras partes internas. El instrumento utilizado
parecía ser un cuchillo estrecho con lámina
fina y muy afilada, la clase de cuchillo que utilizaban
los cirujanos y los carniceros.
Una señora de nombre Elizabeth Long que se dirigía
al mercado esa mañana, pudo aportar un testimonio
valioso: a las cinco y media de la madrugada había
visto a un hombre conversando con una prostituta que
identificó como Annie Chapman. Lamentablemente
el hombre estaba de espaldas y no pudo ver su rostro,
pero sí distinguió la silueta de un hombre
de unos 40 años, elegante, que portaba un sombrero
y un abrigo oscuros. La hora de la muerte se estimó
entonces entre las cinco y media y las seis de la mañana,
hora en la que fue descubierto el cadáver, lo
que significaba que el asesino actuaba rápidamente
y con gran precisión.
La falta de indicios hacía que la investigación
avanzase lentamente. Todo el mundo había relacionado
las muertes entre ellas, y a pesar de que la policía
se mantenía en el más absoluto de los
silencios, los periódicos no dejaban de alimentar
cada rumor escuchado, lo que servía para aumentar
la cólera y el miedo de los vecinos. Desde Scotland
Yard se llegó a ofrecer una gratificación
para quien aportase algún dato válido
sobre la identidad del asesino, pero lo único
que consiguieron fue que los vecinos aprovechasen sus
diferencias y se denunciasen entre ellos, deteniendo
simplemente a algunos falsos culpables, excéntricos
o alcohólicos que aseguraba ser el descuartizador
de prostitutas, aunque tras numerosas investigaciones
y por el hecho de que todos carecían de habilidades
médicas o que tenían coartadas, no tardaban
en recuperar la libertad.
El 25 de septiembre, la Agencia Estatal de Noticias
recibió una nota en tinta roja firmada por el
propio Jack el Destripador cuyo contenido era:
"Querido Jefe, desde hace días oigo que
la policía me ha cogido, pero en realidad todavía
no me han pescado. No soporto a cierto tipo de mujeres
y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado
con ellas. El último es un magnífico trabajo,
a la dama en cuestión no le dio tiempo a chillar.
Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo,
pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso
jueguecito..."
Firmado: Jack el Destripador, desde el Infierno.
A partir de entonces seguiría escribiendo cartas
y poemas destinados al jefe de la policía londinense
jactándose de su habilidad para escabullirse
en la oscuridad de las calles y evitar ser atrapado
por la multitud que le perseguía, o haciendo
alarde de la perfección de sus crímenes
y anticipando otros nuevos ataques, siempre seguro de
sí.
El domingo 30 de septiembre, se descubría otro
cadáver en la calle Berner sobre la una de la
mañana. Tras pedir ayuda a la policía,
vieron que se trataba de una mujer, cuyas faldas habían
sido levantadas por encima de sus rodillas. Un forense
llegó a la escena del crimen con su ayudante
un cuarto de hora más tarde. Entre los dos detallaron
sus conclusiones de la exploración:
"La difunta yace sobre su lado izquierdo, su cara
mira hacia la pared derecha. Sus piernas han sido separadas,
y algunos miembros están todavía calientes.
La mano derecha está abierta sobre el pecho y
cubierta de sangre, y la izquierda está parcialmente
cerrada sobre el suelo. El aspecto de la cara era bastante
apacible, la boca ligeramente abierta. En el cuello
hay una larga incisión que comienza sobre el
lado izquierdo, 2 ½ pulgadas por debajo del ángulo
de la mandíbula casi en línea recta, seccionando
la tráquea completamente en dos, y terminándose
sobre el lado contrario... "
El asesino no se había ensañado tanto
esta vez como en las anteriores. Posiblemente había
sido interrumpido mientras la degollaba y hubiese huido
antes de completar su ritual.
La joven prostituta fue identificada como Elizabeth
Stride, de origen sueco, que había venido a Inglaterra
para ganarse la vida tras el fallecimiento de su marido
y sus dos hijos en un accidente marítimo.
Esta vez, varios testigos declararon haberla visto momentos
antes de su muerte acompañada por un hombre de
unos treinta años con pelo y bigote negros, vestido
con un abrigo negro y un sombrero alto, que portaba
un bulto, como un maletín.
Mientras la policía se enfrentaba al hallazgo
de este nuevo cadáver, a pocas calles allí
un guarda nocturno descubría el cuerpo de otra
víctima degollada. Su abdomen había sido
abierto y los intestinos se encontraban en el suelo,
además tenía varias heridas por todo el
cuerpo. Los miembros estaban todavía calientes,
la data de la muerte no debía ser de más
de media hora desde el descubrimiento del cadáver.
No había otros indicios más que un escrito
con tiza blanca sobre una pared que decía: "No
hay porque culpar a los judíos", supuestamente
obra del asesino. Antes de que la inscripción
pudiese ser fotografiada, el Comisario de la Policía
londinense Charles Warren ordenó que fuese borrada,
según él porque se trataba de una falsa
pista del criminal tratando de culpabilizar a la comunidad
judía, y si algún londinense lo leía,
podía provocar una revuelta contra ellos.
La víctima era Kate Eddowes, quien como las demás,
tenía por oficio el de la prostitución
y como afición, la bebida. Sus padres habían
muerto cuando ella era joven y a los 16 años
se fue a vivir con un hombre, con quién tendría
tres hijos. Los malos tratos por parte de éste
obligaron a que se fuera de casa, y su adicción
al alcohol la obligó a alquilar su cuerpo en
las calles.
Como en las muertes de Polly Nichols y Annie Chapman,
la garganta de Kate había sido degollada de izquierda
a derecha, le habían seccionado el vientre y
extraído algunos órganos, entre ellos
uno de los riñones.
Después de esto, las cosas parecieron volver
a la normalidad en Whitechapel. No hubo ningún
otro asesinato durante un mes y las prostitutas regresaron
a las calles más tranquilas. Desgraciadamente,
la paz duró poco, pues el 9 de noviembre, otra
mujer apareció salvajemente asesinada.
Se trataba de Mary Kelly, una atractiva joven de 21
años que se dedicaba a la prostitución
para poder mantenerse a ella misma y a su pareja, que
se encontraba sin trabajo.
Esa mañana, el locatario subió a la habitación
de Mary para cobrar el alquiler mensual, pero nadie
contestó a su llamada. Decidió abrir la
puerta él mismo, horrorizándose por lo
que descubrió...
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