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Los niños de Illfurt
(1864-1869) Este caso fue muy famoso en su época
por los sucesos que tuvieron lugar durante los cinco
años en que una familia fue aquejada por manifestaciones
demoníacas. Los exorcismos fueron autorizados
tres años después del comienzo de las
extrañas manifestaciones: retardo incluso providencial,
pues de lo contrario no se habría tenido esa
abundante recolección de fenómenos, que
le da al caso Illfurt un verdadero primado en materia
y que tanto bien hizo en su época y sigue produciendo
a quien lee la impresionante narración.
Sobre el episodio se escribió un libro: "El
diablo. Sus palabras y sus actos en los endemoniados
de Illfurt, Alsacia; según documentos históricos",
escrito por el Padre Sutter en Turín, 1935).
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Sobre la autenticidad del
hecho no se puede razonablemente dudar, los mismos incrédulos
de ese tiempo inventaron varias hipótesis, pero
no negaron los fenómenos, que todos podían
repetidamente observar.
Transcribimos algunos trozos para dar una idea de lo
que ocurrió. Se trata de dos de los cinco hijos
de los esposos Burner, Teobaldo y José, respectivamente
de 9 y de unos 8 años cuando comenzó la
extraña situación.
"Acostados de espaldas, se volvían y se
revolvían con la rapidez vertiginosa de un trompo,
o se desahogaban golpeando sin descanso, y con una fuerza
sorprendente, la cama y otros muebles, llamado
esta operación 'dreschen' - golpear el trigo
- sin manifestar el mínimo cansancio, por más
larga que fuera la golpeadura (p. 18).
El vientre se les hinchaba desmedidamente y daban la
impresión de que un balón diera vueltas
en su estómago, o que una bestia viva
se moviese dentro. Sus piernas se unían
una a la otra, como entrelazadas, y ninguna fuerza humana
lograba separarlas.
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En ese tiempo Teobaldo tuvo unas treinta
veces la aparición de un fantasma extraordinario
a quien él llamaba su maestro. Tenía el
pico de un pato, patas de un gato, pezuñas de
caballo, y el cuerpo completamente cubierto de plumas
sucias. En cada aparición el fantasma sobrevolaba
por encima de la cama de Teobaldo, a quien amenazaba
con estrangularlo; el niño, en su terror, se
lanzaba hacia él, invisible a los demás,
y le arrancaba a manotadas las plumas, que luego les
echaba a los espectadores aturdidos.
Todo esto en pleno día, y en presencia de un
centenar de testigos, entre los cuales había
hombres serísimos, por nada crédulos,
muy suspicaces, y miembros de todas las clases de la
sociedad: y unánimemente fue reconocida la imposibilidad
de cualquier engaño. Las plumas producían
un olor fétido, y - ¡singularísima
cosa! - no se incineraban cuando se las quemaba"
(pp. 18-19).
Siempre hablaban con voz varonil y sin mover
los labios, lo cual causaba enorme impresión
(cfr. Pp. 42-43). "A veces el cuerpo de los pobrecitos
se inflaba de modo que parecía que iba a estallar,
y vomitaban espuma, plumas y musgo, mientras sus vestidos
se cubrían con esas mismas plumas que apestaban
toda la casa (p. 83).
En la habitación eran atormentados de vez en
cuando por oleajes de calor atroz, insoportable aun
en pleno invierno; y a quien se maravillaba de esto,
el diablo le gritaba riendo: '¿Soy un buen fogonero,
no es cierto? Si vienen a mi casa, no los dejaré
sufrir de frío: pueden estar seguros!'"
(p. 83).
Muchísimas eran las ocasiones y los modos de
manifestar el odio a lo sagrado, incluso con nombres
y apelativos ofensivos e injuriosos. Sin embargo, en
esta atmósfera de odio una cosa interesante y
singular era la actitud de respeto hacia la Virgen.
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Habitualmente en los casos de posesiones
se suele advertir una fuerza sobrenatural cuando son expuestos
al agua bendita o cualquier símbolo reliigioso
y la voz del poseso varia y se torna más grave. |
Se lee en la página
40: "Mientras el demonio injuriaba y se burlaba
de las cosas más santas, sin hacer excepción
ni siquiera de Dios mismo, nunca se atrevió a
insultar a la Virgen; y a alguien que le preguntó
la razón, le contestó brevemente: 'No
tengo el derecho. El títere sobre la cruz me
lo ha prohibido'.
Su furor... llegaba al paroxismo, cuando alguien
le echaba agua bendita" (p. 140).
Una vez el alcalde echó en los dedos de Teobaldo
"unas gotas de agua bendita, e inmediatamente fue
atacado por una fuerte agitación, hasta caer
por el suelo, arrastrándose, ir a esconderse
debajo de la mesa, cuando vio que no podía huir
por ninguna parte" (p. 114).
El señor Andrés nos dice: "Cuando
la monja que le lleva los alimentos deja caer en ellos
una gota de agua bendita, o los toca con un objeto sagrado,
Teobaldo se da cuenta inmediatamente, aunque esto se
haya hecho en la cocina a donde él no va nunca.
En ese caso, se acerca al plato con sospecha, mira atentamente
los alimentos que le han llevado, y siempre los rechaza
diciendo: '¡No tengo hambre! Hay porquerías
ahí dentro' o también: 'Es veneno'. Y
para hacerlo comer, hay que llevarle otra cosa. Lo mismo
sucede con las bebidas" (p. 137).
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Los niños estuvieron cerca
de cinco añor poseidos hasta que se les pudo exorcizar
a ambos. |
"Si la monja le llevaba a Teobaldo alimentos y
bebidas en las que había dejado caer gotas de
agua bendita, él rechazaba sistemáticamente
tomarlas, cuando no lanzaba contra la pared el plato
y el vaso: pero ni el uno ni el otro se rompían"
(p. 31).
"Una vecina de casa, la señora Brobeck,
trató una vez de poner agua bendita en una medicina
que los dos hermanos tenían que tomar: 'Vaciaremos
todas las botellas de la farmacia, declararon ellos
rechazando enérgicamente el remedio, antes que
aceptar una gota de agua de la señora Brobeck'"
(p. 29).
"¡En dos noches destruyó las abejas
de veinte colmenas que pertenecían al vecino
de los Brobeck: todas las abejas habían sido
decapitadas! Pero como Satanás se declaró
el autor de aquella extraña hecatombe, el señor
Brobeck hizo bendecir las colmenas y los nuevos enjambres;
y el poder del ángel destructor quedó
aniquilado" (pp. 77-78).
"Otra vez el maligno se divirtió sacando
el fruto de una gran cantidad de nueces que pertenecían
a la familia Brobeck: no es necesario insistir en el
asombro de todos, cuando vieron esas nueces con la cáscara
verde perfectamente intacta y marcada con un pequeño
rasguño" (p. 78).
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Los niños "hablaban
corrientemente las más variadas lenguas:
respondían sin dudar en francés, en latín,
en inglés, y entendían hasta los dialectos
de Francia y de España" (p. 22).
De Teobaldo también se afirma: "Si quería,
hablaba perfectamente las lenguas, sin el mínimo
error, y a menudo hablaba días enteros en el
más puro francés que se pueda escuchar"
(p. 26).
Muchísimas son las ocasiones en las que los
niños manifiestan conocer el pensamiento de los
demás, acontecimientos lejanos, objetos
ocultos, en fin, todo lo que está oculto al conocimiento
normal.
Un día, mientras varias personas se encontraban
en la habitación, Teobaldo hizo el ademán
de tirar las cuerdas de una campana: "¿Por
quién tocas a muerte?" se le preguntó.
"Por Jorge Kunegel" respondió sin
dudar. La hija de éste casualmente estaba presente,
y asustada le gritó al niño:
"¡Embustero!... Mi padre está bien,
y trabaja como albañil en la construcción
de un pequeño seminario".
"¡Estará muy bien, replicó
él, pero debes saber que se ha caído;
y si no lo crees, corre a ver!".
"La pobre muchacha voló a la construcción,
y tuvo que constatar que su padre realmente se había
caído de un andamio, y se había roto la
columna, en el mismo momento en que hablaba Teobaldo.
Nadie, en Illfurt, conocía todavía la
desgracia" (pp. 60-61).
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El demonio por medio de los
niños "revelaba a menudo acontecimientos
sucedidos en el más remoto pasado, y que ninguno
de los testigos presentes conocía. Además,
predecía muchos días antes, y aun semanas,
los acontecimientos futuros: y la exacta realización
de sus profecías eran objeto de continuo asombro.
Se divertía comunicando a los visitantes sus
fechorías desconocidas, y reprochando en voz
alta sus vicios y sus pecados más secretos, para
tener el gusto de verlos escapar, sin preguntar el resto,
asombrados y furiosos" (p. 57).
"A menudo Teobaldo predijo también la muerte
de muchas personas. Dos horas antes de la muerte de
una tal señora Müller, él se arrodilló
sobre la cama, e hizo el ademán de tirar las
cuerdas de una campana" (p. 60).
"El hablaba de acontecimientos de veinte, treinta
y hasta de cien años antes con tal evidencias,
tal precisión y tal seguridad, que hacía
pensar que él hubiera sido testigo ocular"
(p. 61).
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Hsta 1867 no se permitió
inciar los exorcismos de estos niños que ya eran
conoceidos en media Europa. |
"A veces se vio a los
niños elevados por manos invisibles,
con las sillas en las que estaban sentados; después
los niños eran lanzados a un ángulo, mientras
las sillas volaban a la parte opuesta" (pp. 19-20).
"Un sólido crucifijo que
alguien trató de colocar en el cuello de José,
se retorció inmediatamente y tomó la forma
de una X conservándola mientras estuvo en el
pecho del niño: y un escapulario colocado en
sus espaldas voló inmediatamente a lo alto, y
describiendo un altísimo círculo fue a
caer sobre el casco de un guardia civil, Werner, que
por casualidad había entrado en la habitación.
El niño ni siquiera se había movido"
(pp. 34-35).
Más adelante se dice: "Los niños
estaban sentados en una silla. Esta era levantada por
el aire por manos invisibles, y luego caía bruscamente.
La silla volaba por una parte y el niño por la
otra. La madre Burner tuvo que sufrir la misma suerte,
un día en que se encontraba cerca de uno de sus
hijos: y no sintió el mínimo mal, al caer...
Los niños se trepaban a los árboles como
si fueran gatos, y podían colgarse delas más
pequeñas ramitas sin temor de romperlas"
(p. 83).
"A veces manos invisibles arrancaban las cortinas
de las ventanas, y éstas se abrían de
par en par con una rapidez vertiginosa, aunque estuvieran
firmemente cerradas; a veces el maligno tumbaba y arrastraba
aquí y allí en la habitación mesas,
sillas y otros muebles: a veces toda la casa era sacudida
como por un violento terremoto" (pp. 84-85).
Es fácil imaginar que la noticia de hechos tan
extraordinarios e impresionantes se difundiese rápidamente
por todas partes y acudiese a Illfurt un número
cada vez más numeroso de espectadores (cfr. pp.
21 y 22), que después se retiraban con serios
propósitos de una vida mejor.
Interesante la conversión del guardián
Werner, completamente incrédulo, y que después
hizo una exacta narración de muchos acontecimientos
(cfr. pp. 19 ss).
La curación
de los niños
He aquí la narración de las dos curaciones
tras varios exorcismos:
"El demonio con una voz de bajo profundo, lazó
un grito formidable. Luego gimió.
- ¡Ahora, me veo obligado a ceder!
Inmediatamente el niño endemoniado se contorsionó
como una serpiente que es aplastada; y luego, un ligero
crujido recorrió sus miembros: desnudó
lentamente el cuerpo, se alargó, y cayó
al suelo como muerto.
El demonio había huido.
¡Los testigos de la escena horrible quedaron
aterrados! Un momento antes, una rabia que causaba espanto,
un rostro desfigurado por la cólera, respuestas
declaradas: ahora, un niño inmóvil, que
dormirá tranquilamente durante una hora, acostado
en un suave colchón. ¡Finalmente ha quedado
liberado! Ya no reacciona contra el crucifijo y el agua
bendita, y se puede levantarlo y llevarlo a su habitación
sin la mínima dificultad. Finalmente, se despierta,
se refriega los ojos, mira con asombro a las personas
que lo rodean, y que él no reconoce...
- ¿No te acuerdas de mí? - le pregunta
el padre Schrantzer.
- ¡Pero si nunca te he conocido! - contestó
Teobaldo, muy asombrado.
¡La madre lanza un grito de alegría sobrehumana!
¡Su hijo ya no es sordo, ya no es víctima
del demonio, ha sido liberado del monstruo!... Lágrimas
de agradecimiento salen de sus ojos, y todos se unen
a ella para agradecer vivamente a Dios que ha dado a
su Iglesia el poder de vencer al infierno.
Madre e hijo vuelven a Illfurt; y la madre, con el
corazón lleno de emoción y de alegría,
espera con firme fe la liberación de José.
Su esperanza se realizaría el 27 del mismo mes.
Desde el día en que volvió a su casa,
Teobaldo fue de nuevo alegre como antes, y siempre de
buen humor. No tenía la más lejana idea
de lo que le había sucedido, ni siquiera reconocía
al párroco, padre Brey.
Habiendo llevado de Estrasburgo algunas medallas bendecidas,
le ofreció una a José y quedó asombrado
al ver que éste la echaba al suelo y la pisoteaba,
diciéndole irritado: - ¡Podías conservarla
para ti, yo no la necesito!
- ¿Será que se enloqueció José,
mamá? - dijo Teobaldo, ¡sin saber encontrar
otra explicación a un hecho que la madre, naturalmente,
se cuidó de aclararle! (op. cit. pp. 90-91).
Respecto de la liberación de José, se
lee más adelante: - "Ahora, heme
obligado a partir" - gritó el diablo
como en un largo mugido; y con ese grito, el niño
se echó por el suelo, se contorsionó varias
veces, inflando los carrillos, y cayó en un acceso
de convulsión, mientras los presentes lo miraban
con angustia, sin atreverse a tocarlo. Finalmente se
calmó y permaneció inmóvil y silencioso.
Le quitaron las correas con las que lo tenían
amarrado, sus brazos se aflojaron, inclinó dulcemente
la cabeza, y después de algunos minutos se sacudió
como uno que se despierta de improviso, abrió
los ojos, y se mostró maravillado de encontrarse
en la iglesia y rodeado de gente que él no conocía.
Al principio de la función el demonio había
dicho:
- Si soy expulsado, romperé alguna cosa como
señal de mi partida.
Y cumplió con su palabra. La camándula
que le habían puesto en el cuello a José
cayó hecha pedazos después de la liberación;
y lo mismo sucedió con el crucifijo que le habían
colocado en el cuello" (op. cit. pp. 93-94)
Las señales, a las que había hecho alusión,
no representan una prueba infalible de la salida del
demonio, pues él puede quedarse tranquilo, aún
después de haberse desencaprichado con semejantes
manifestaciones. Tampoco hay que creer que son necesarias
para la liberación, pues no tienen nada que ver
con ella (cfr. P. Thyraeus, pp. 195-196).
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